Esta columna apareció ayer (19 de diciembre) en el periódico inglés The Guardian. En mi opinión, el texto de Terry Eagleton (crítico literario y académico británico) ilumina muchos aspectos sobre la importancia no sólo de las universidades sino de lo que él considera está en el centro de dichas instituciones: las humanidades, y no sólo en el Reino Unido sino también en lugares de Latinoamérica, como México, donde vivimos una realidad distinta pero que también muestra a diario la necesidad de la reflexión humanista.
A continuación les dejo mi traducción.
(Favor de señalar cualquier error, se agradecerá)
La muerte de las universidades
por Terry Eagleton (en The Guardian).
¿Las humanidades están a punto de
desaparecer de nuestras universidades? La pregunta es absurda. Es
como preguntarnos si el alcohol desaparecerá de las cantinas o habrá
un Hollywood sin vanidad. Así como no puede haber una cantina sin
alcohol, no puede haber universidad sin humanidades. Si la
historia, la filosofía y demás se esfumaran de la vida académica
lo que dejarían podría ser, tras su partida, instalaciones de
adiestramiento técnico o un instituto de investigación corporativo;
mas no sería ya una universidad en el sentido clásico del término
y resultaría engañoso llamarla así.
Sin embargo tampoco puede existir una
universidad, en todo el sentido de la palabra, cuando las humanidades
existen en ella aisladas de otras disciplinas. El atajo más fácil
hacia la desvaloración de dichas materias (muy cercano a eliminarlas
de una sola vez) es reducirlas a un grato añadido: los hombres de
verdad estudian derecho o ingeniería, las ideas y los valores son
para maricones. Las humanidades deberían constituir el corazón de
cualquier institución digna de llamarse universidad. El estudio de
la historia y la filosofía, acompañado de una familiarización con
el arte y la literatura, debería ser impartido para abogados e
ingenieros al igual que se hace con los estudiantes de las facultades
de arte y humanidades. Si en Estados Unidos las humanidades no se
encuentran bajo una amenaza tan mortal es, entre otras cosas, gracias
a que son vistas como parte integral de una educación (considerada)
superior.
Cuando, al rededor del inicio del siglo
XVIII, surgieron en su forma presente las llamadas disciplinas
humanas jugaron un papel crucial en la sociedad: fomentar y proteger
el tipo de valores para los cuales un orden social filisteo tenía
poco e invaluable tiempo. Al nacer, las humanidades modernas y el
capitalismo industrial se encontraban más o menos entrelazados. Para
preservar un apartado de ideas y valores que se encuentran bajo
estado de sitio se necesita, entre otras cosas, que las instituciones
conocidas como universidades se sitúen un tanto aparte del
acontecer diario de la vida social. Dicha lejanía implica que
lamentablemente los estudios humanos pueden carecer de efecto alguno.
Aunque ésto también permitió a las humanidades lanzar una crítica
al saber convencional.
De cuando en cuando, tal cual ocurrió
a finales de los 1960 y durante las más recientes semanas en Gran
Bretaña, la crítica sale a las calles para confrontar la manera en
que de verdad vivimos con la forma en que podríamos vivir.
Lo que presenciamos en nuestro tiempo
es la muerte de las universidades como centros de crítica. A partir
de la administración de Margaret Thatcher el papel de la academia ha
sido el de servir al status quo, no retarlo en nombre de la justicia,
la tradición, la imaginación, el bienestar humano, el libre
ejercicio de la mente o visiones alternativas del futuro. No
cambiaremos ese papel con el simple incremento de los recursos que el
estado destina a las humanidades en oposición a tasajearlo hasta la
nada. Lo cambiaremos al insistir en que una reflexión crítica sobre
los valores y principios humanos debe ser central para el acontecer
de las universidades; cualquiera qué sea éste, no sólo el estudio
de Rembrandt o Rimbaud.
Al final, sólo se puede defender más
a las humanidades al enfatizar cuán indispensables son, lo cual
implica una insistencia en su papel vital en la totalidad de los
asuntos del aprendizaje académico, que al protestar, como por un
pariente pobre, con la consigna de que no cuesta tanto darles cabida.
¿Cómo se puede lograr dicha defensa
en la práctica? Hablando desde el punto de vista financiero; no
puede ser. Los gobiernos están decididos a reducir las humanidades,
no a ampliarlas.
¿No será que demasiada inversión en
la enseñanza de Shelley puede implicar quedar rezagados respecto de
nuestros competidores económicos? Pero no hay universidad sin
cuestionamiento humanístico, lo cual significa que las universidades
y el capitalismo avanzado son, en fundamento, incompatibles. Siendo
así, las implicaciones políticas llegan mucho más lejos que el
asunto del costo de las cuotas estudiantiles.
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