sábado, enero 08, 2011

Respuesta retórica

En resumen, no pienso nada. Quería saber lo que es, pero estando dentro lo veo en existencia, no en esencia. Aquello de donde yo quiero conocer [...] es la materia misma que uso para hablar [...] Ciertamente se me permite la reflexión, pero como esta reflexión es inmediatamente retomada en la repetición de las imágenes no deriva jamás en reflexividad: excluido de la lógica (que supone lenguajes exteriores unos a otros), no puedo pretender pensar bien.
Roland Barthes (de acuerdo a la traducción de Eduardo Molina)

  
       Si me preguntas te diré que es pura deformación profesional. Pero la verdad es que, además de que encuentro inquietante la idea de deformidad, analizar (casi en automático) la retórica de todo sólo es una costumbre malsana que afiné gracias a las decisiones que precisamente esa manía me ha hecho tomar. Éso tan sólo de los aciertos, porque también hay un montón de errores que se le pueden atribuir a mi obsesión con el lenguaje.

       Ahí donde no se sabe qué decir sólo es posible desperdigar palabras que al concluir oraciones formarán ruido blanco, sin importar con cuánto cuidado hayan sido elegidas. De hecho, pareciera que mientras más cuidado se pone en la articulación de palabras, que aparentarán decir con certeza el caudal de un río de dudas, éstas se parecen más al ininteligible murmullo de un caudal agitado que a la elocuencia. Es la tragedia de las nimiedades, igual que cuando la señal de la tele se va mientras ves el final de temporada de una serie; la cotidianidad está hecha de nimiedades acumuladas, que al recordarse por casualidad te pueden hacer sentir bien o un poco avergonzado ante ti mismo.

       Hay preguntas que viven por sí mismas, a las cuales cualquier respuesta les resulta un apéndice estorboso e incluso incómodo por explicar más de lo necesario; mi experiencia con la trascendencia de las nimiedades me regala con cierta frecuencia respuestas que parecen familiares a las de aquellas preguntas, en una fotografía con el balance cromático alterado. Cuando llego a lugares donde lo racional sobra me inunda  el ruido blanco de la retórica obsesiva y lo aviva la desesperación de no entender algo que se anida en mi cabeza pero no tiene la lógica de una idea que se construye con argumentos sino que emana invisible aunque penetrante, cual vapor tóxico, desde trocitos de trato y convenciones sociales pero que flota por encima de ellos.

       Aveces pareciera que reducir todo a la estructuración del lenguaje es suficiente para encontrar una dinámica de interacción social; siempre y cuando sea entre personajes ficticios o personas en apariencia reales, aunque en situaciones ajenas. El detalle excesivo a la elección y combinación de palabras se vuelve entonces un traidor, me hace caer en cuenta de que todos los demás parecen haber leído un instructivo para algo que, en mi realidad, no puede llamarse bueno o malo porque no se entiende hasta que su significado se volvió evidente.

       ¿Y qué peor si a lo ininteligible se le presenta como alternativa algo que la experiencia demuestra tan de poco fiar como aquellas situaciones e interpretes que traducirán mi ruido blanco de una manera no necesariamente leal [y yo bien sé que la mejor traducción es rara vez la más precisa y literal]pero que parece la mejor para su realidad? Aún al dejar fuera la expectativa que lanza sobre el futuro el prejuicio del pasado, hay terrenos donde mi mejor aliada me delata y aún las respuestas que son necesarias parecen ridículas como las que se anexan a las preguntas que no las necesitan; tal como una deformidad, de esas que tanto me inquietan.

       La coincidencia de la misma palabra, en un caso para indicar que no le hace falta nada más a una pregunta y en otro para describir lo que en su exceso delata a una respuesta, me da el consuelo de una circularidad (ese divertimento de las tragedias mínimas) con la que el lenguaje se burla de resultarme tan traicionero. Esa coincidencia me hace pensar si no se trata en realidad de dos palabras muy distintas, disfrazadas con las mismas letras. Pensar así me hace imaginar que el universo aún tiende sorpresas con simetría indecible de tan extraña.

1 capas de transparencia:

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